Primer Capítulo

Miradas hacia la vida -Ganar al perder- es un libro de conversaciones.

Aquí te ofrecemos en exclusiva el primer capítulo: la primera conversación.

"...al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de
las libertades humanas -la elección de la actitud personal ante un
conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino".

Frankl, Viktor (1946): El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder, 1984.

Ganar al perder

Cristina: Map*, por el título pensaría que vamos a hablar de negocios.

María Antonia: En cierto sentido, así va a ser. En una negociación sana y saludable, no sólo hay que pensar en ganar, aceptando también la derrota, sino también en "Yo gano, tú ganas" y en el balance final. Siempre deberíamos sentir que de alguna forma estamos ganando.

Cristina: El conflicto es parte de la vida y, como tú dices, negociar de forma sana y saludable es la mejor vía de solución. Y, aunque nunca será lo que pretendíamos en un principio, seguro que finalmente ganamos algo positivo.

María Antonia: Esa premisa implica tener claro de antemano que será necesario rebajar nuestras aspiraciones. Si esto no se da, no estamos negociando; estamos manipulando. Hago ver que negocio contigo, cuando en realidad te estoy manipulando, pues sólo pretendo conseguir mi propósito sin importarme que tú pierdas.

Cristina: Y cuando perdemos, sufrimos.

María Antonia: Sufrimos con las pérdidas, sí. Y también podemos ganar a partir de ellas.

Cristina: Bien. Antes de continuar, hablemos del concepto.

Cristina/María Antonia: Nos referimos al concepto de "pérdida" en sentido amplio y subjetivo.

Hay algo o alguien que valoramos a partir de distintos factores racionales, emocionales y socioculturales.

Por un lado, puede ser algo que tuvimos y dejamos de tener. Por otro, que estemos durante mucho tiempo esperando que algo o alguien llegue -un marido, una esposa, un amigo, un padre, una madre, un hermano, un hijo a nuestra medida... -, y no llega.

El hecho de valorar algo hace que nos pongamos en acción para conseguirlo y, por tanto, que nos resistamos a perderlo.

Sufrimos pérdidas al pasar de una etapa vital a otra: de bebé a niño, de niño a adolescente, de adolescente a hombre, de hombre a anciano. Y éstas conllevan cambios en los que podemos sentir que perdemos parte de lo que teníamos: el cambio de escuela (de primaria al instituto), una separación matrimonial, pasar de una etapa laboral al desempleo o a la jubilación, quizá la pérdida de un amor…

También podemos sentir una pérdida después de un largo proceso de gestación-creación, como ocurre al parir o al finalizar unos estudios, una tesis doctoral o una competición deportiva. O al final de la elaboración de un libro... En realidad el camino, es decir el proceso, es tan importante o más que el objetivo o punto de llegada.

Podemos perder una parte de nuestro cuerpo, alguna función física o algo material, como una casa, poder adquisitivo, un entorno natural por el incendio de un bosque, nuestro animal de compañía… A veces perdemos nuestro país o nuestra cultura, porque emigramos. Otras, la fe en una determinada ideología política o credo religioso. Situaciones sociopolíticas extremas (como guerras, revoluciones o amenazas de terrorismo) pueden comportar también la pérdida de estabilidad o seguridad.

¿Y la muerte? No nos olvidemos de ella. Existe el concepto de "muertes cotidianas", que suele utilizarse para englobar aquellas pérdidas de las que no somos o no queremos ser conscientes y que, sin embargo, nos producen dolor anímico. En estas conversaciones aparecen varios ejemplos.

Existen diferentes pérdidas por distintos tipos de muerte: muerte biológica, muerte psicológica, muerte social y muerte existencial.

En cuanto a la muerte biológica, puede tratarse de la propia muerte o de la de un ser querido.

La muerte psicológica, la muerte social y la muerte existencial pueden entenderse dentro del concepto de pérdida ambigua. Son situaciones en las que, al no existir un final rotundo, no se "certifica" la pérdida y, por tanto, no se le puede destinar por ejemplo una ceremonia de despedida -según la cultura de la persona en cuestión o diseñando una a propósito. Con ello, no hay un motivo, digamos "oficial", para realizar el proceso de duelo para que la herida vaya cicatrizando, como ocurre cuando una persona desaparece.

Nos referimos también a pérdida ambigua cuando por distintas circunstancias perdemos nuestra identidad, porque perdemos un rol. Es decir, un papel que desarrollábamos en nuestra vida: como el de madre, padre, abuela, jefe, hijo único, trabajador, hermano o cuidador principal. Otro ejemplo es la renuncia que toda decisión implica. Tomar decisiones es escoger y al hacerlo siempre queda algo eliminado o perdido.

Encontramos la muerte psicológica en los procesos de demencia, donde el enfermo entre otras cosas, pierde también su propia identidad, de lo cual puede ser consciente por momentos. O el caso de los estados de coma. O personas con patologías psiquiátricas. Las personas allegadas pierden a esas personas en muchos aspectos, aunque continúen teniéndolas físicamente cerca.

Muerte social es la de aquellos que, por un motivo u otro, caen en el olvido o desprecio, por parte de ellos mismos o de otras personas, independientemente de los motivos, que pueden ser múltiples. Por ejemplo, podemos perder cierto estatus social por razones económicas, perder la dignidad profesional por mobbing o la dignidad personal por algún tipo de adicción a sustancias o a situaciones conflictivas.

La muerte existencial se refiere a aquellas personas que han perdido el sentido de la vida. Como ocurre a menudo, los distintos tipos de muerte ambigua no se encuentran compartimentados por completo, sino que se interrelacionan. La muerte psicológica, por ejemplo, implica también, en cierto grado, una muerte social, ya que aunque en el mejor de los casos esa persona esté bien atendida y acompañada, deja de relacionarse con su entorno como lo hacía antes.

Y ¿por qué sentimos tanto una pérdida? El ser humano se relaciona y establece vínculos que comportan distintos grados de afectividad y de valoración positiva o negativa del vínculo.

En el momento en que subjetivamente se da una pérdida, sentimos dolor. Dolor anímico por la valoración afectiva y la emotividad que de ello se desprende: tristeza, miedo, culpa, envidia, enfado, etc. De esta forma llegamos al duelo ante aquello que una persona, consciente o inconscientemente, siente como pérdida.

Cada pérdida significativa, representa algún tipo de renuncia. Es una crisis y comporta un proceso de duelo, es decir, un proceso paulatino de despedida; de desapego. Y cada duelo debe ser elaborado saludablemente, permitiendo que cicatrice la herida afectiva que se ha producido con la pérdida.

Cuando podemos integrar, es decir, digerir e incorporar la amplia y profunda gama de factores biológicos, psicológicos y sociales implicados en el proceso, éste puede ser al mismo tiempo una oportunidad de transformación creativa. Y, lo mismo ocurre, si podemos mirarlo y vivirlo asumiendo que por dolorosa que sea una pérdida y con voluntad, esfuerzo, recursos y tiempo, podemos extraer diversas lecciones de aplicación positiva a nuestra vida.

En cualquier caso, es sano valorar y disfrutar el proceso y no solamente los resultados, y ello depende de nuestra actitud. Aunque no somos libres para escoger todo lo que se presenta ante nosotros, sí lo somos para decidir nuestras actitudes ante ello.

Somos conscientes de que el concepto de pérdida tal y como lo entendemos es muy amplio, extenso y conlleva matices y muchas preguntas. En Miradas hacia la vida encontrarás una amplia gama de ellas. Te ofrecemos nuestra visión de cómo afrontar las pérdidas, gestionarlas de forma saludable y, a partir de ellas, ganar, es decir, crecer.

No pretendemos convencerte de que serás siempre muy feliz, ni creemos tener todas las respuestas. En nuestra "caja de brico vital", compartimos propuestas y preguntas orientadas a discernir entre pensamiento, actitud, emoción y acción. Todo ello encaminado a conjuntar y armonizar las distintas dimensiones del ser humano.

Te proponemos la conversación como método de reflexión, establecida a raíz de nuestra experiencia profesional y personal. Y lo hacemos en compañía de dos niños que, al iniciar el libro tenían 1 y 4 años respectivamente. Con ellos compartimos su forma peculiar e inocente de vivir las pérdidas y las ganancias.

Te invitamos a convertir Miradas hacia la vida -Ganar al perder- en un recurso interactivo, cotidiano, abierto, positivo y útil, para ti y para tu entorno.


*Nota del editor: Cristina Milián se dirige a María Antonia Plaxats como Map (uniendo las iniciales de su nombre y primer apellido).

Te esperamos en la "Sala del lector" donde en el apartado foros podrás compartir tus experiencias, dudas y reflexiones.

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